María Alejandra Atadía | Los Monstruos

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“Esos que se muestran”




Nube blanca nube azul
quién se lleva la luz
nube negra nube roja
paso corriendo
no miro
no oigo
no toco
no te llevo a mi sueño.


La casa de los viejos locos
aparecida en la esquina de Castro Barros y Arenales,
hacia mil novecientos sesenta y cinco,
escondía entre los espejos circulares
que iluminaban un asfalto de rayuela,
un verde Corazón de Espuma,
que temblaba
y hacía temblar hasta el ahogo
a los que pasaban cantando.

-Dale, cantá y pasá rápido.
No te acerques a la puerta,
no vayas a mirar por entre las rejas.
La guardiana te aprieta los labios para que no grites,
te saca los ojos para que no veas,
te sumerge en la gelatina del veneno
y te cuelga en su cadena,
en su cadena de olvidos.
Nunca nadie
se acordará que fuiste de ese barrio.

Cada vez
que me animé a pasar
observaba de reojo
la cabellera multicolor que colgaba
en el oxidado candado de una puerta-persiana.
Vieja y desdentada
se mostraba
y movía los arcos de sus piernas
y agrandaba las cuencas del musgo
cada vez
que yo miraba.
- No entres, salvo que guardes silencio.
Por aquí no pasarás. El suelo se dobla con tu peso. Y te comerá el aliento.
Si callaba, oía.
Si callaba, oía.

Entonces,
hablé para despertar.

Pasaron los años,
feo bicho feo, desgarbado y ceniciento,
supura la pesadilla permanente
de ser único,
devorador de plumas
y lenguas,
caparazones
y muslos de ciervo.
La casa le pertenece.

Un tiempo de la noche
circula entre las voces del barrio:
el fenómeno ha cambiado
la orientación de las estrellas.

Ayer
los aparecidos bestiales de la mente,
hoy, el estrépito de algún tigre con máscara de ogro;
ayer los monstruos del infinito universo terrenal,
hoy, la baba de los que se arrastran,
que nos arrastran hasta su baba,
que no podrán olvidar
la cuenca vacía,
ni a ellos:
Corazón de Espuma Verde,
Cabellera Desvalida,
Manos de Tijera.
Serpentean aún las tramas del viaje,
contaminados de horror.




Ahora que los llamo
y me ocupan
y les doy mi lugar,
van y vienen como desesperados,
sumergidos
en la grieta de algún plátano azul,
y los límites de un cuerpo ya envejecido,
como aquella casa del sur,
olvidada.
Debilitados en su especie alada, en extinción,
buscan mis ojos,
van y vienen,
mostrándose,
mostrándose.















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