Graciela Tomassini | Pensar la Muerte

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NOTA: Si bien el audio presenta algunos inconvenientes consideramos que, dado el valor del documento, merece ser agregado a nuestros archivos compartidos. [HdP]







A David Lagmanovich,
In memoriam

Soñé largamente con mi amigo muerto.
No sé si está tratando de decirme algo,
o soy yo quien intenta volverlo a la vida.

David Lagmanovich. “El amigo muerto”



Así que usted se fue de viaje, de un día para otro, no, de un momento para otro, sin advertirle a los amigos No me busquen, no me llamen, por un tiempo no voy a andar por aquí.

Y yo que tenía tantas cosas que decirle. Usted me dirá, ¿y por qué no antes? Hubo ferias, carnavales, romerías, hubo ciudades en primavera, con mesitas en las veredas moteadas de sol y árboles de buena sombra, y saber que el mar centelleaba a lo lejos, invisible pero cierto. Es que siempre me sentí un poco fuera de foco al lado suyo, una mala fotografía de mí misma, con una voz que chirriaba y decía cosas incongruentes, como traducidas por un amanuense corto de vista e ignorante del idioma (de cualquier idioma), y de todos modos había mucho ruido, siempre había una música demasiado fuerte, o se hablaban todas las lenguas de Babel, y entonces no se sabía en qué banda sintonizar el mensaje.

Por otra parte, cada vez que usted estaba frente a mí como sabiendo, yo me olvidaba de repente qué decirle, o más bien se disparaba el corrector automático y me subrayaba todo con rojo, y entonces venía el otro, el que siempre me convence de que es mejor el silencio.

Lo peor es que tienen razón. Nada de lo que yo pueda decirle es mejor que el silencio. Por eso escribimos, porque la musiquita de las teclas golpeadas por las yemas de los dedos es tan leve que se confunde con el ritmo de la sangre en los corredores de adentro.

¿Qué piensa usted, que tanto ha escrito; no: que todavía sigue escribiendo? Será que lo que escribimos no es otra cosa que un trazo de silencio, silencio puro enmascarado con los subterfugios del habla. Porque veo que otra vez doy vueltas y vueltas sobre lo mismo, sin lograr que usted se dé vuelta a mirarme, que usted vuelva sobre sus pasos, que usted no cruce esa calle, que usted no trasponga esa puerta, que no pase ni a veinte metros, ni a veinte años, de ese umbral.

Yo sé que si usted me viera gesticulando inútilmente en la penumbra usted trataría de disipar el malentendido. Pero si yo no temo por usted, pero si yo ya sé que usted conoce de sobra las calles de este arrabal –o las de Barcelona, o las de Ginebra, o las de San Miguel de Tucumán, para el caso es lo mismo- porque las ha recorrido en sueños, en vigilias, en cuerdas de violín, descalzo, en hilos de la virgen o babas del diablo, en fotografías que en este momento se han desparramado por el aire, por el aire de octubre que acaba de volar la ventana. Usted trazó todas las coordenadas, las líneas de fuga, con su lápiz de ingenio dibujó tantos esbozos como maneras imaginables de pasar para el lado de allá; algunos dijeron que eran conjuros, obturación de túneles para prevenir los derrumbes (¿vio? Todos nos hemos contagiado un poco del lenguaje minero, hoy en día). No: usted se ensayaba. Digo mal –otra vez, vea usted cómo me confundo, qué malamente uso las palabras. El que ensaya poda, corrige. En cambio usted multiplicaba, inventaba. Igual que el caricaturista que dibuja una puerta, y después la abre, y pasa a través.

Y yo gritándole no dibuje, la puerta no, el umbral no, no los arcos de medio punto, uno detrás del otro, siempre otro detrás de todos.

Y después de todo qué. Como una hilera de hormigas, como el reguero de migas que se comieron los pájaros, todos escribiremos ese cuento que no termina. ¿Sabe usted el final? ¿Es cierto que en verdad termina, sólo que está escrito con tinta fantasma (jugo de limón, ¿se acuerda?) para que no lo lean los padres, los duros padres, los temerosos, los obedientes, los comprensivos, los olvidadizos padres que ya no recuerdan que el cuento de hadas lo escribieron ellos, en su día, también con tinta fantasma.

Le advertí que esto iba a pasar. Yo bordando cadenetas alrededor de un hueco mientras se progresa en la construcción del monumento, ya establecimos las estatuas, igualito que en el Pere Lachaise, ya elegimos la elegía, lapidamos la lápida.

Cincuenta escribas están grabando su nombre en cada línea de cada página de los cincuenta volúmenes de homenaje a su nombre. Se olvidaron. Usted ya les dijo que no se llamará más hijo del pan sino palabra. A secas: palabra; usted dijo que en el otro lado no se anda con ceremonias ni se cuelgan los títulos enmarcados en la pared. O a lo mejor no lo dijo y a mí me pareció habérselo oído. Pero no me haga caso. A mí me parece que las palabras me marean, tienen el comportamiento del vino: entran dulcemente, y adentro crecen como helechos, o florecen de manera escandalosa.

Lo cierto es que tampoco ahora he logrado decirle todo eso que desde hace tanto tiempo llevo conmigo para usted. Pero quizás no haga falta. Usted nos pesca al vuelo, maestro.













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