Sebastián Mancuso | 26 JUNIO 2010

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Aparecieron algunas pistas que indican la presencia de una criatura extraña cuyas características cefálicas parecen ser bastante particulares: se trata del ciruja cabeza de perro, una bestia andrajosa y hedionda con cuerpo de ser humano pero cuyo cráneo se parece a uno de los tres que posee el notorio can Cerbero.

Todos los datos sobre este croto cinocéfalo que deambula por las calles de Arroyito se han compilado a partir de los escuetos mensajes escritos en decenas de servilletas de papel que los investigadores han encontrado, tras previa denuncia del encargado del local, en las instalaciones del restaurante Bautista, sito en Avenida Alberdi y jotajota Paso. Los textos inscritos en las servilletas están firmados por una tal “Orden de los Sagrados Lupines” cuyo fundador, aseguran, no es nada más ni nada menos que el “Gran Maestre del Vermú con Fernet, soda y limón Minerva”, un viejo cliente taciturno del boliche. Tanto la supuesta existencia de un linyera concebido a imagen y semejanza del dios egipcio Anubis como los rumores difundidos por medio de siniestras servilletas olvidadas sobre las mesas del bar han consternado en primer lugar a la clientela del negocio y luego a todos los vecinos del barrio. Los feligreses se agolpan frente a las puertas de la parroquia Perpetuo Socorro para pedir ayuda ante lo que, consideran, sería el inicio del tan esperado Apocalipsis y ruegan que al menos el Juicio Final devenga para el año 2012, a fines de poder adjudicarse la hecatombe profetizada por los arrogantes astrólogos mayas. Sin embargo, los integrantes de la Orden que se congregan secretamente en el bar aseguran a través de sus mensajes que no hace falta ponerse tan teleológicos al respecto: el ciruja cabeza de perro es un buen tipo, que se sepa, aún no ha mordido a nadie. Sus fechorías consisten solamente en convertir a los chicos de la calle en perros callejeros con sólo mirarlos a los ojos o en cambiarles, mientras están durmiendo, el poxirrán de la bolsa por jugo de sueños. A partir de la prestidigitación practicada por el reo de rostro canino, los perros huérfanos van por las calles rompiendo bolsas para encontrar comida o siguiendo a los transeúntes en busca de alguien que los proteja sin dádivas ni limosnas, y otros chicos callejeros se tumban de noche en los umbrales para soñar con bicicletas que pululan estrafalariamente por el universo onírico de miles y miles de perros andaluces, rebanando a su paso rodajas de exquisito salame para comerlas luego con algunos pedazos de pan y queso sobre la superficie de la luna.





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