Alejandra Atadía | 26 JUNIO 2010

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“Chiara Luce”


Me dicen que cuente su historia
que deje de dar vueltas
que la cuente de una buena vez.
Y que sé yo si será buena, creo que no.
Nunca es bueno lo que no está.
Sí, era buena Ella.
Demasiado tal vez
pero no inocente
no se confundan
no la traicionen
no se traicionen
inocente
no.

Vuelvo a casa, busco la llave de la puerta.
Parada en la vereda ajena me nombra.
Me repite con su boca abierta de abril, repite un color, una trama.
Desafío corriendo a través del pasillo los marcos y busco la foto del álbum verde que hace tanto tiempo regalé: Chiara Luce sosteniendo mi mano, que sostenía otra mano, que soportaba una paloma blanca.
Y no era la del verde limón
tampoco la paloma boba de la plaza.
Era cruel,
mensajera del olvido,
salvo… salvo la escritura de sus alas.

“A qué pierdes el tiempo
navegando con la noche
y con el viento”.

Vuelvo a contar la historia.
Me dicen de una vez.
¿Se podrá de una? ¿El camino o la mirada, el punto de partida o la llegada?

Se habían conocido en el barrio.
Entre banderas y megáfonos, entre partidos de volley, entre lunas del parque, entre concilios y alegatos
Extraña boda de la tierra y el corazón signada por los metales.
Esa forma de mirar… Aunque la gente creía que no hablaba, el aire visceral de Ella corría por sus dientes desparejos y se escribía en los paredones del Sur. Una cruz en la pollera y después el paredón. Y después la noche que todo lo puede.

-Te voy a enseñar a hablar- le decía Ella. Y le mostraba las hojas que iban cayendo en el otoño, cómo se agrietan las calles como la cuenca de sus manos, cómo sonaban los aplausos en la mesa de los panes, cómo se cultiva un jazmín, cómo se toma un lápiz, una campana, un silbato, un durazno.
-Ahora te creo- le decía Él.
Entonces salían de viaje.

De esas épocas nos han quedado colecciones de cartografías móviles desde donde los lectores crean sus propios inicios-desenlaces o tramas de manera original y subversiva. Y se crean los lenguajes cada vez. Como un torrente de espuma blanco. No importan los colores. El privilegio es de la imaginación colectiva que sueña con sus elementos primitivos. Se recomienda el silencio y la frecuencia olfativa en la construcción de sílabas. Luego, el asombro frente a los objetos del mundo (incluyendo hombres y mujeres) y su posterior expresión gráfica.
Nunca se negaron la palabra. Si la conciencia es un río de murciélagos blancos que babean los recuerdos, aquella tarde permanece. Y no hay recuerdo sin la voz del canto. (Esto lo escuché de mi abuela que no cantaba pero perseguía mi voz.)Y ahora yo canto para despertarlos. Aquí están otra vez. Y los recuerdo.
Lejanos que se observan sin ojos, sin manos, sin bocas, pero con el sueño de una muchedumbre violetera y perseguida. Ausentes que se buscan en los relámpagos del álamo, el agua que los llevará tan lejos.
Somos una escritura inacabada. Somos el muro y los relámpagos.

-¿Habrán deseado mi muerte por rencor; por crueldad desearon verme sufrir?- insistía Ella.
-Te voy a enseñar el compás de la historia- respondía ÉL: del barrio a las orillas, de la madera a la carne, del grito a la tonada elegíaca. Una niña sola que lleva en el cuello y en las mangas las constelaciones del deseo.
Se abrazaban.

El juego continuó a través de los senderos de mi mano. “Empeñada en barrer” hoy aprenderé a olvidar: fin de la historia.


Regresé al barrio en otras épocas.
Entré a la casa de la grieta verde. Una ventana a cada lado de mi cuerpo, una manta soportando su levedad y más distancia, más desierto, presagio de otras manos que ya viene repartiendo las piezas de una última jugada.
Vuelvo con la sombra de “andar buscando verdades”.
Los encontré enfrentados, ahora sí, enfrentados y desnudos en un transcurso ilimitado de algas y cañas bravas.
Él, un rey que no habla.
Ella, una reina que no oye.
Ellos, nosotros, desaparecidos
lejanos, desaparecidos,
lejanos, desaparecidos,
lejanos, desaparecidos,
historias, desaparecidos.

Avanzan lentamente, se detienen a contemplar y me llevan. A contar la historia de una o de una buena vez: sin equipaje, sin ángeles, sin tristeza.





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