MicroFricción Stinco

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LAS RANAS DE STINCO

Escena 1. Toma 8: Cuando esta ciudad todavía era “den serio”.

Cuando esta ciudad todavía era “den serio” todas las zanjas todas corrían pa’l mismo lado. Y esa trama zanjera confluía en un recodo del arroyo Saladillo. Por eso se decía en aquellos andurriales que todas las zanjas conducen a Roma.

Escena 2. Toma 7: Saladillo. Calle Roma.

Saladillo. Calle Roma y el arroyo.
Todas las zanjas conducen a la calle Roma.
Tonces, cada vez que la lluvia inunda las zanjas, las ranas son arrastradas por la corriente acuífera. Y todas las ranas van a parar a calle Roma. Y de Roma, sin bendición alguna, al Saladillo. Y ahí se amontonan como ranas amontonadas justo abajo del puente del ferrocarril que salta con ancas de fierro el tajo de arroyo.

Escena 3. Toma 6: Esto que les cuento…

Gracias señor director. Esto que les cuento es de cuando esta ciudad todavía era “den serio”. Cuando las aguas del Saladillo no eran de cloaca sino de agua. Cuando una ranería gigantesca colmaba el lugar después de la lluvia y las viejas del agua y las viejas del barrio montaban guardia en su rabia de envidia.
Pues se sabe que las ranas atraen príncipes deseosos de besar princesas adulteradas por algún hechizo clásico.

Escena 4. Toma 5: Pero la rabia de las viejas era infundada.

Pero la rabia de las viejas era infundada. Pues ningún príncipe osó jamás adentrarse en estos territorios del Saladillo.
Empero, los espejismos y los deseos sirven para consolar envidias. Y las viejas del agua y de la tierra juraban, y aún perjuran, que después de cada aguacero, que después de la inundación de ranas, llegaban hasta el puente del pata e’fierro, y siguen llegando, dos príncipes dos. Por la madrugada oscura y en la estrechez visual de las mujeres puede justificarse esta sonsera.

Escena 5. Toma 4: Pero antes de escupir burlas…

Pero antes de escupir burlas sobre estas viejas, deben saber ustedes que es verdad que dos siluetas silentes imponen su ánima sobre los rieles del puente cuando la lluvia trae ranas al arroyo. Y es verdad, también, que son dos los que llegan. Pero de príncipes, las petunias.

Uno de de los que llega es del barrio. El otro, un forastero de La Carlota. Los dos son refugiados del Club de Suicidas Inconclusos.

El del barrio no es otro que nuestro Ulises García, pescador de morondangas, náufrago de Odiseas.

Del forastero de La Carlota sabe decirse en los piringundines de Pueblo Nuevo que lo llaman Stinco y que la va de cantor orillero.

Escena 6. Toma 3: Sentados sobre el puente del tren.

Sentados sobre el puente del tren, sobre la inmensa concurrencia de ranas arrastradas por la lluvia, el dúo inicia su concierto. Mientras el forastero afina una viola… [afinación]
Mientras el forastero afina una viola, el Ulises descuelga del puente un par de gallinas hipnotizadas, las patas anudadas a la punta de una soga. Y las balanceaba al ras del agua del arroyo.

Las gallinas hipnotizadas que se balancean en la punta de la soga pescan ranas del agua.
El cantor clava los primeros acordes en la garganta de la noche… [acordes]

El Ulises iza la pesca y mete las ranas en una bolsa.
La operación se repite media docena de veces.
Las viejas del agua y las del barrio espían lujuriosas a la espera de los besos estampados a las ranas.
Pero nunca vieron esos besos. Porque nunca hubo besos. Y si las ranas eran princesas nunca llegaron a saberlo.

Atención que viene ahora un pensamiento alegórico: Las ranas en el agua son sirenas que tientan a los ángeles a caer del cielo. Y a los marginados, a caer del hambre.
“Caímos”, dicen los suicidas inconclusos. “Caímos, pero no vencidos”.

Escena 7. Toma 2: Una cosa debe ser considerada verdadera.

Una cosa debe ser considerada verdadera. A saber: Una princesa convertida en rana nunca romperá su hechizo al ser cocinada dentro de una olla con aceite hirviendo y servida en milanesa.

Escena 8. Toma Final: Cómo termina la cosa.

Cómo termina la cosa.
Antes de dejar el lugar, El Ulises García mira a las viejas del agua y a las del barrio. Les hace una reverencia. Y les dice, como quien honra la tradición de las fábulas: “Princesas, mis queridas princesas, hasta el próximo aguacero”.

Y el forastero de La Carlota, la bolsa de ranas colgada en su espalda, una gallina hipnotizada sobre el hombro, pulsa las teclas de su mp7 para cantar, a las viejas princesas del lugar, su canción de despedida.












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